Una mujer de fe

Había una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años y había sufrido mucho a manos de muchos médicos. Había gastado todo lo que tenía y no mejoraba, sino que empeoraba. Cuando oyó hablar de Jesús, se acercó a él entre la multitud y tocó su manto.
Marcos 5:25–27


El texto nos cuenta que esta pobre mujer había sufrido durante doce años, con hemorragias constantes. Imaginen el agotamiento emocional que debió sentir. El sufrimiento físico por sí solo la habría debilitado, y el desgaste emocional la habría dejado exhausta y sin esperanza. Humanamente hablando, había perdido toda esperanza. Había visitado a todos los médicos que pudo encontrar, solo para descubrir que ninguno podía ayudarla. Había gastado todos sus recursos económicos, pero su estado no hacía más que empeorar.

Según la Ley, se la consideraba impura (Levítico 15:19). Piense no solo en el desaliento que debió sentir, sino también en la vergüenza que la abrumaba.

El punto más brillante de su historia comienza con las palabras, “Cuando oyó hablar de Jesús…” Tal vez había oído que este Hombre daba vista a los ciegos, hacía caminar a los cojos, curaba a los enfermos e incluso convertía el agua en vino. Sumida en su agonía personal, pensó para sí misma:, “Si tan solo pudiera tocar sus vestiduras, sería sanado”.” (v. 28).

Imaginen a esta mujer abriéndose paso entre la multitud: débil, desapercibida, pero decidida. Tal vez recibió miradas de desprecio de aquellos que conocían su condición, conscientes de que era “impura” según la Ley. Pero su fe no se detendría. Al extender la mano y tocar el borde de Su manto, “Al instante, la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de la aflicción”.” (v. 29).

Luego leemos: “Jesús, al instante, se dio cuenta de que un poder había salido de él, y volviéndose entre la multitud, preguntó: ‘¿Quién me ha tocado la ropa?’. Sus discípulos le respondieron: ‘Ves la multitud que te rodea, ¿y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”?’. Él miró a su alrededor para ver quién había hecho aquello. Pero la mujer, temerosa y conmovida, sabiendo lo que le había sucedido, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: ‘Hija, tu fe te ha sanado. Vete en paz y queda libre de tu enfermedad’.”

¡Qué encuentro tan impactante! La fe de esta mujer la conectó con el poder sanador del Señor Jesús.

Lo más destacado de hoy:
¿A qué te aferras? ¿Qué carga llevas? Ten fe para acercarte al Señor Jesús; acércate a Él, creyendo que está dispuesto y es capaz de satisfacer tu necesidad y responder a tu clamor.

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