Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. A él, que nos amó y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para su Dios y Padre, a él sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.
Apocalipsis 1:5–6
En los versículos de hoy, Juan nos da razones para exaltar al Señor Jesús. La primera es que Él es el testigo fiel. En el libro de Apocalipsis, Juan usa la expresión “fiel” al menos tres veces en relación con el Señor Jesús (1:4-5; 3:14; 19:11). Aquí Él es el testigo fiel. Hubo muchos testigos en esta escena para la gloria de Dios, pero ninguno de ellos estuvo libre de defectos. Solo Uno fue perfecto, sin mancha ni defecto, y solo Uno podía ser llamado el testigo fiel. Desde el pesebre hasta la cruz, fue inquebrantable en su servicio. A los doce años lo oímos decir: “¿No sabíais que me era necesario estar en los asuntos de mi Padre?” (Lc. 2:49). Este testigo fiel exclamó: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra” (Jn. 4:34). Él era el siervo dependiente que se levantaba temprano por la mañana para recibir instrucciones de su Padre (Mc. 1:35). Como testigo fiel, declaraba: “Para esto he nacido, y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn. 18:37).
Juan utiliza la palabra “testigo” al menos 72 veces en sus escritos, refiriéndose principalmente al Señor. En Apocalipsis 3:14, lo vemos como el “Testigo fiel y verdadero”, en contraste con una iglesia que profesaba su fe y que debía ser su testigo hasta su regreso (Hechos 1:8); sin embargo, la iglesia no ha sido un verdadero testigo. En Apocalipsis 19:11, se le presenta como el «Fiel y verdadero» que juzgará con justicia.
Juan comienza a exaltar al Señor Jesús recordándonos que, mientras estuvo aquí, ¡Cristo fue el testigo fiel de la gloria de Dios!
Lo más destacado de hoy:
¡Qué alivio supone, en medio de tanta irrealidad e inconsistencia, acudir a Aquel que nunca falla, Aquel que permanece fiel y verdadero!