Tenemos un Sumo Sacerdote como él, que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos.
Hebreos 8:1
Esta es la tercera de las cinco veces en el libro de Hebreos donde el autor menciona que el Señor Jesús se sentó a la diestra de Dios. No se trata de una simple repetición sin propósito; cada vez que se menciona, el Espíritu de Dios busca transmitirnos un mensaje específico.
Primero, en Hebreos 1:3 leemos: “Después de haber efectuado la purificación de nuestros pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”. En este contexto, el escritor nos presenta siete glorias del Señor Jesús; por lo tanto, podemos decir que se sentó a causa de la gloria de Su Persona!
Luego, en el mismo capítulo oímos al Padre decir: “Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies” (1:13). Aquí, Él se sienta debido a Su preeminencia.
La tercera referencia es el versículo de hoy. Aquí, el Señor Jesús se sienta debido a Su sacerdocio perfecto. A diferencia de los miembros del sacerdocio levítico, el Señor Jesús no tuvo que ofrecer un sacrificio por sus propios pecados; ¡tampoco su sacerdocio está limitado por la muerte, porque Él vive para siempre!
Esto nos lleva a la cuarta vez que se menciona que nuestro Señor se sentó: “Pero este hombre, después de haber ofrecido un solo sacrificio por los pecados para siempre, se sentó a la diestra de Dios” (10:12). Aquí vemos al Señor Jesús sentado debido a Su sacrificio perfecto.
La quinta y última vez que vemos a Cristo sentado es en el capítulo 12. Allí lo vemos como nuestro ejemplo perfecto Mientras corremos esta carrera llamada vida cristiana, tenemos un objetivo en el cielo en el que enfocarnos: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (12:1-2). ¡Que nuestros ojos y corazones estén hoy unidos a Él!
Lo más destacado de hoy:
Nuestro gran Sumo Sacerdote está sentado a la diestra de Dios en lo alto,
Por nosotros, Él alzó sus manos, con compasión y amor;
Mientras que aquí abajo, en nuestra debilidad, seguimos adelante a toda velocidad;
En la tristeza frecuente y la enfermedad, suspiramos, gemimos y oramos.
-Lord Adalbert Percy Cecil