Cómo mantener las redes limpias
Así sucedió que, mientras la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios, Jesús se detuvo junto al lago de Genesaret y vio dos barcas junto al lago; pero los pescadores se habían alejado de ellas y estaban lavando sus redes.
Lucas 5:1–2
La vida de Pedro nos ofrece muchas lecciones. Una de ellas se encuentra al comienzo de sus encuentros con el Señor Jesús. Al leer los primeros once versículos del capítulo cinco de Lucas, podemos plantearnos algunas preguntas: ¿Cómo respondemos al fracaso (vv. 1-2)? ¿Cómo respondemos a la autoridad (vv. 3-5)? ¿Cómo respondemos al éxito (vv. 6-8)? Y, por último, ¿cómo respondemos a una vida de fe (vv. 9-11)?
Hoy, consideremos cómo respondemos a falla. Para muchos, el fracaso resulta insoportable. Algunos lo ven como el final del camino. Pero para quien lo entrega todo a Cristo —incluso el fracaso—, este no tiene por qué ser definitivo. El presidente Theodore Roosevelt dijo una vez: “El único que nunca se equivoca es el que nunca hace nada”.”
Estos pescadores experimentados regresaron tras una larga noche de trabajo con las redes vacías. Simón (Pedro) testificaría más tarde: “Hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada” (v. 5). Para nosotros, que consideramos la pesca un deporte o un pasatiempo, es fácil pasar por alto que este era su sustento. Redes vacías significaban la falta de ingresos, la imposibilidad de cubrir sus necesidades diarias.
¿Pero qué estaban haciendo? Lavaban sus redes. Se preparaban para salir de nuevo. Limpiar las redes no era cosa de hombres que se habían dado por vencidos. Era cosa de quienes comprendían la importancia de tener redes limpias. Si no se cuidaban, las algas y los restos vegetales podían secarse dentro de ellas, y pequeños animales podían perforar las fibras. Esto debilitaba y pudría las redes, dificultando el éxito futuro.
Así como era importante para estos pescadores no rendirse, sino lavar sus redes, también es importante para nosotros no permitir que los contratiempos, fracasos u obstáculos —grandes o pequeños— nos hagan desistir. Debemos llevar un registro breve de nuestros pecados, confesándolos ante el Señor (1 Juan 1:9). Debemos estar atentos, “para que nadie se quede corto de la gracia de Dios” (Hebreos 12:15).
Lo más destacado de hoy:
No permitas que tu fracaso sea definitivo. Mantén tus redes limpias y deja que el Señor Jesús tome el control de tu barca.