Así que, cuando oí estas palabras, me senté y lloré, y estuve de luto por muchos días; ayuné y oré delante del Dios del cielo. Y dije: “Oro, Caballero Dios del cielo, oh Dios grande y temible, tú que guardas tu pacto y tu misericordia con los que te aman y observan tus mandamientos.”
Nehemías 1:4–5
Primero, Nehemías se enteró de la situación. Era rápido para oír y lento para hablar (Santiago 1:19). ¡Estaba atento! Segundo, se sentó; no intentó solucionar el problema, sino que prefirió quedarse quieto (Salmo 46:10). Tercero, lloró por la situación del pueblo de Dios. No sería el último en llorar por Jerusalén. En Lucas 19:41, el Señor Jesús también lloró por la ciudad. Cuarto, Nehemías se lamentó, identificándose con el problema. Quinto, lo vemos ayunando, un ejemplo de abnegación; no era un comportamiento habitual para este hombre. ¡Lo sexto que hizo Nehemías fue orar! Depositó su preocupación en el Señor y dependió de Él. La Escritura nos recuerda que la oración ferviente del justo tiene mucho poder (Santiago 5:16).
¡Qué ejemplo para nosotros hoy! Si el Señor ha puesto una carga en tu corazón, no intentes escapar de ella ni cumplirla con tus propias fuerzas. Este avivamiento comienza con gran angustia, pero termina con gran gozo (8:12, 17). Nehemías no lidera una revuelta mediante la protesta; ¡lidera un avivamiento mediante la oración!
Lo más destacado de hoy:
La oración ferviente de una persona justa tiene gran poder.