¡Dios interviene!

“Pues aun cuando llegamos a Macedonia, nuestros cuerpos no tuvieron descanso, sino que sufrimos aflicciones por doquier: luchas por fuera y temor por dentro. Pero Dios, que consuela a los abatidos, nos consoló con la llegada de Tito, y no solo con su llegada, sino también con el consuelo que él recibió de ustedes, al contarnos su anhelo, su lamento y su celo por mí, de modo que me alegré aún más”.”
2 Corintios 7:5–7

El apóstol Pablo se sintió muy animado porque la asamblea había respondido bien a su primera carta. Había sido muy audaz y firme al corregir a esta iglesia descarriada, pero ahora se regocija de que el Señor estuviera obrando entre ellos, diciendo:, “Grande es mi osadía al hablarles, grande es mi orgullo por ustedes. Me siento lleno de consuelo. Me regocijo enormemente en medio de todas nuestras tribulaciones”.” (2 Corintios 7:4).

Pablo había atravesado muchas dificultades al llegar a Macedonia. Estaba constantemente de viaje, con poco tiempo para descansar. Adondequiera que iba, se encontraba con problemas: externamente, había conflictos; internamente, temores.

¡Qué maravilloso que, en medio de tantos problemas, Pablo pudiera decir:, “¡Pero Dios!” Algunas traducciones lo traducen “Sin embargo, Dios”,” Pero la idea es la misma: ¡Dios interviene! Es Dios quien consuela a los abatidos, y en este caso, lo hizo mediante la llegada de Tito. En 2:13, Pablo dijo que no encontraba a Tito y que, por ello, su espíritu estaba inquieto. ¡Qué bondadoso fue el Señor al brindarle a Pablo paz y consuelo justo en el momento oportuno! Cuando Tito llegó, trajo buenas noticias sobre el arrepentimiento de los corintios y el renovado afecto hacia Pablo, lo cual llenó de alegría el corazón del apóstol.

Cuando sentimos las presiones de la vida, tanto externas como internas, busquemos el "Pero Dios" en nuestra situación. “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestra ayuda siempre presente en momentos de angustia.” (Salmo 46:1). La palabra “problema” aquí conlleva la idea de estar acorralado sin salida. En momentos como este, Dios es nuestro refugio y fortaleza. Incluso cuando todo a nuestro alrededor está cambiando o desmoronándose, el Señor viene y provee exactamente lo que necesitamos. Por eso Él dice a cada uno de nuestros corazones:, “Estad quietos y sabed que yo soy Dios” (v. 10).

Lo más destacado de hoy:
El secreto para superar cada momento de “Pero Dios” reside en aprender a estar quieto y dejar que Él se manifieste como Aquel que consuela a los abatidos.

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