“Pero eviten las conversaciones profanas e inútiles, porque conducen a una mayor impiedad.”
2 Timoteo 2:16
La palabra profano se puede traducir como impío o mundano. La mundanalidad es enemiga de la piedad.
Sabemos que el cristiano tiene tres enemigos fundamentales: el mundo, la carne y el diablo. Se ha señalado con frecuencia que la carne lucha contra el Espíritu (Gálatas 5:17), mientras que el diablo se opone directamente al Señor Jesucristo, y el sistema mundano se opone a la justicia de Dios.
Santiago nos recuerda: “¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios” (Santiago 4:4). El anciano apóstol Juan añade: “No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo —los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida— no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. 1 Juan 2:15-17
Es importante comprender que la mundanalidad no se trata tanto de nuestras actividades —qué hacemos y dónde lo hacemos— sino de nuestras actitudes. Un cristiano puede mantenerse alejado de diversiones cuestionables y lugares dudosos y aun así amar al mundo. La mundanalidad es principalmente una cuestión del corazón que afecta tanto nuestros afectos como nuestras ambiciones. Afecta nuestro corazón en relación con nuestra respuesta al amor de Dios y afecta nuestras acciones en relación con nuestra obediencia a la voluntad de Dios.
Debemos recordar que el Señor Jesús “se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gál. 1:4).
También es útil, en la búsqueda de la piedad, recordar que este mundo está actualmente —aunque solo temporalmente— bajo el dominio del maligno (Efesios 2:2; 6:12; Juan 12:31; 14:30; 16:11). Como creyentes en Cristo, “el mundo me ha sido crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14), y debemos “mantenernos sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).
La mundanalidad se introduce en nuestras vidas gradualmente: primero a través de la amistad con el mundo (Santiago 4:4), luego al ser detectados por él (Santiago 1:27) y finalmente al conformarnos a él (Romanos 12:1-2).
Lo más destacado de hoy:
El materialismo es enemigo de la piedad. El remedio consiste en recordar que hemos nacido de lo alto, que el cielo es nuestro hogar y que tenemos un Objeto glorioso en quien depositar nuestro afecto.