Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, según su abundante misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera, reservada en el cielo para vosotros.
1 Pedro 1:3–4
Pedro comienza su primera epístola informándonos que el nuevo nacimiento brinda a cada creyente una esperanza viva mediante la resurrección del Señor Jesucristo. ¿Qué implica esta esperanza viva? Romanos 8:17 nos recuerda que somos “herederos de Dios”, y esta verdad se encuentra presente en todo el Nuevo Testamento (Efesios 3:6; Tito 3:7).
¿Qué incluye esta herencia que hemos recibido? Primero, incluye el regreso de Cristo por nosotros (Jn. 14:1-3; 1 Ts. 4:13-18). Incluye la promesa de resurrección (1 Cor. 15:20-23; Fil. 3:10-11). Las promesas de vida eterna (Jn. 3:16; 1 Jn. 2:17), de una recompensa celestial (2 Cor. 5:10), de descanso eterno (Heb. 4:1-11) y de un cielo nuevo y una tierra nueva (2 Pe. 3:13; Ap. 21:1-2). Estas son solo algunas de las promesas que tenemos en Cristo. Pero podríamos preguntarnos: ¿cómo se relacionan estas promesas sobre lo que está por venir con nuestra vida ahora?
Gracias a que tú y yo hemos recibido una esperanza viva, podemos confiar en nuestro Padre amoroso en cada situación que enfrentamos en la vida. Sabemos que le pertenecemos por la eternidad (Efesios 1:13-14). Puesto que le pertenecemos, Él continuará protegiéndonos, proveyéndonos y haciéndonos crecer en la fe, transformándonos a la imagen de su amado Hijo.
Puede que atravesemos momentos difíciles en esta vida, pero nunca debemos olvidar que hemos nacido con una esperanza viva en Cristo, y que estas dificultades se nos permiten para transformarnos a su imagen (Romanos 8:28-29). Esta esperanza viva no es solo para el futuro; ¡es para lo que estés viviendo ahora mismo!
Lo más destacado de hoy:
¡Ten esperanza en Dios!