Nacido de arriba

Había un hombre de los fariseos llamado Nicodemo, un principal entre los judíos. Este hombre fue a ver a Jesús de noche y le dijo: “Rabí, sabemos que eres un maestro que ha venido de Dios, porque nadie puede hacer las señales que tú haces si Dios no está con él”.”
Juan 3:1–2

Nicodemo se había sentido atraído por el Señor Jesús gracias a las señales que le veía realizar. Probablemente se encontraba entre los mencionados al final del capítulo dos:
“Estando Jesús en Jerusalén durante la Pascua, en plena fiesta, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús no se comprometió con ellos, porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que nadie diera testimonio de los hombres, pues sabía lo que había en el corazón del hombre” (Juan 2:23-25).

Se nos dice que Nicodemo era fariseo —uno de los guardianes de la Ley—, pero hay otra descripción que lo acompaña a lo largo del Evangelio de Juan: que fue a ver a Jesús de noche. Este detalle se menciona al menos tres veces (Juan 3:2; 7:50; 19:39). Por ello, algunos lo han llamado discípulo secreto del Señor. Sin embargo, tras la muerte de Jesús, Nicodemo dejó de ser un discípulo secreto. Se identificó abiertamente con aquellos que defendían a Cristo crucificado —pero resucitado—.

En este pasaje, el Señor Jesús le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Esta afirmación desconcertó a Nicodemo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?” (v. 4). Entonces Jesús respondió: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te haya dicho: ‘Es necesario nacer de nuevo’. El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que nace del Espíritu” (vv. 5-8).

Aquí, el Señor Jesús revela cómo todos nacemos de nuevo. Este nuevo nacimiento se produce a través del agua —que representa la Palabra de Dios (Efesios 5:26; 1 Pedro 1:23)— y mediante el Espíritu de Dios. En su encuentro con Cristo, Nicodemo aprendió que el nuevo nacimiento es enteramente obra de Dios. No se logra mediante obras externas, sino que se recibe a través de un nuevo nacimiento.

Para comprender mejor esta verdad, considere estos pasajes: 1 Pedro 1:3; Romanos 6:11; Efesios 2:4; y Santiago 1:17–18.

Lo más destacado de hoy:
El nuevo nacimiento es el resultado de la obra soberana del Espíritu Santo, que irrumpe en la oscuridad en la que estábamos perdidos e ilumina nuestros corazones con la luz de la gracia.

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