Acercándonos a Dios

“Cuando vayas a la casa de Dios, camina con prudencia; acércate para escuchar antes que para ofrecer sacrificios de necios, pues ellos no saben que hacen el mal. No hables precipitadamente, ni dejes que tu corazón profiera nada apresuradamente delante de Dios. Porque Dios está en el cielo, y tú en la tierra; por lo tanto, que tus palabras sean pocas. Porque de mucho esfuerzo viene el sueño, y por muchas palabras se conoce la voz del necio.”
Eclesiastés 5:1–3

Salomón dirige su reflexión al hombre y a su adoración, y ofrece consejos muy instructivos sobre cómo acercarse a Dios. Primero, aborda nuestra forma de vivir; luego, nuestra manera de hablar en presencia de Dios.

En cuanto a nuestra conducta, debemos ser prudentes. Esto implica estar atentos y ser prudentes. Podríamos preguntarnos: "¿Preservar qué?". La respuesta es: preservar el honor y el carácter de Aquel a quien nos acercamos. Salomón nos advierte contra la actitud despreocupada al presentarnos ante un Dios santo. Nunca debemos ser frívolos, descuidados ni irreverentes. Observemos cómo Salomón describe a tales personas: como quienes ofrecen sacrificios de necios, como quienes hacen el mal y como quienes actúan con precipitación y arrogancia.

Dos veces los describe como tontos. La palabra tonto Aquí se refleja la idea de quien se deleita en la ignorancia. Describe a alguien que no comprende quién es Dios y que ha olvidado quién es él mismo. En el ambiente actual de familiaridad y despreocupación, es fácil olvidar que, al adorar, nos acercamos al Dios del universo: el Creador, el Omnisciente y Santo que nos ha redimido.

Salomón nos advierte sobre nuestra manera de acercarnos a Dios en la adoración. Incluso en este tiempo de gracia en el que vivimos, debemos mostrar reverencia al acercarnos a Él. No debemos tomar a la ligera lo que es santo, o mejor dicho, a Aquel que es santo. Si bien el velo se ha rasgado de arriba abajo, permitiéndonos el acceso a su presencia, debemos hacerlo “con plena seguridad de fe, purificados nuestros corazones de mala conciencia y lavados nuestros cuerpos con agua pura” (Hebreos 10:19-22).

Al entrar en su santa presencia, debemos recordar que el Señor Jesús no solo es el “Sumo Sacerdote de la casa de Dios”, sino también el Hijo de esa misma casa (Hebreos 3:6). Todo lo que se haga en su presencia debe hacerse teniendo en cuenta su autoridad, sus derechos y su santidad.

Lo más destacado de hoy:
Tenemos el privilegio de acercarnos a Dios, pero todo privilegio conlleva una responsabilidad.