“Acerquémonos, pues, con confianza al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”
Hebreos 4:16
Al leer nuevamente Hebreos 4:16, aprendemos que una Persona nos espera en el trono de la gracia. Él es el Señor Jesucristo, quien murió para redimirnos de la culpa y el castigo de nuestros pecados. Cuatro veces en esta epístola a los Hebreos se afirma que Él está a la diestra del trono de Dios (1:3; 8:1; 10:12; 12:2). La única Persona capaz de satisfacer todas nuestras necesidades está ahora a la diestra del trono de Dios. Acerquémonos a Cristo. La Biblia nos habla de tres maneras en que Él obra en nuestro favor.
Él satisface nuestras necesidades a través de sus oraciones.
En su epístola a los Romanos, el apóstol Pablo preguntó: “¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros” (Romanos 8:34). Cristo no nos condena; intercede por nosotros. El autor de Hebreos escribió: “Vive siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25). Por lo tanto, acerquémonos.
Él satisface nuestras necesidades con su poder.
El trono de la gracia es el lugar del poder, y nuestro Señor Jesucristo es la Persona del poder. Vemos “la incomparable grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la acción de su poderosa fuerza, la cual ejerció en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su diestra en los lugares celestiales” (Efesios 1:19-20).
Cristo posee una capacidad que no conoce límites. ¡Sí, Él es capaz! Él es capaz de salvar completamente (Hebreos 7:25). Él es capaz de impedir que caigamos (Judas 24). Él es capaz de socorrer a los tentados (Hebreos 2:18). Él es capaz de someter todas las cosas (Filipenses 3:21).
Él satisface nuestras necesidades a través de su sacerdocio.
En tiempos del Antiguo Testamento, el ministerio del sacerdote consistía en presentarse ante Dios en nombre de los hijos de Israel. Esta provisión divina era una expresión de la bondadosa compasión y el cuidado de un Dios santo por sus hijos. El sacerdote era el vínculo consagrado del Padre entre Él y los suyos. Solo el Hijo de Dios mismo podía ser el Gran Sumo Sacerdote de la casa de Dios.
“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, mantengamos firme nuestra profesión de fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:14-15).
Sabemos dónde está: “ascendió a los cielos”. Sabemos quién es: “Jesús, el Hijo de Dios”. Sabemos lo que es: sin pecado. Es un Sumo Sacerdote compasivo. No se compadece de nuestros pecados, sino de nuestras “debilidades”. Estas debilidades son las tristezas, los sufrimientos y las enfermedades de esta vida. Sabemos que nuestro Gran Sumo Sacerdote se compadece de nuestras debilidades.
Lo más destacado de hoy:
Si lo necesitas, acude a Él ahora. Ningún problema es demasiado difícil, ninguna petición demasiado insignificante, ni ningún poder demasiado trascendente para Él. Que no haya falta de confianza entre tú y tu Gran Sumo Sacerdote. Él te conoce. Él te ama. Él te espera ahora mismo cuando acudas a Él en tu momento de necesidad.