“Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.”
Gálatas 5:22–23
“¿Por qué la gente es tan mala? ¿Qué pasó con la amabilidad?”, preguntó la dependienta del supermercado después de que la clienta que estaba delante de mí fuera muy grosera. Estoy de acuerdo con ella en que la amabilidad escasea en nuestra sociedad actual, pero debería ser evidente en la vida de los cristianos. En realidad, no hay razón para que seamos groseros.
La bondad es una de las características de Dios mismo. A menudo se la relaciona con su misericordia:
“Y Jehová pasó delante de él y proclamó: ‘Jehová, Jehová Dios, misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en bondad y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, que de ninguna manera deja sin castigo al culpable, que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación’” (Éxodo 34:6–7).
La bondad es uno de los aspectos del fruto del Espíritu que debe manifestarse en nuestras vidas. La palabra griega utilizada en el Nuevo Testamento es crestos, que transmite la idea de una tierna preocupación por los demás. Es un deseo genuino de tratar a los demás con gentileza, tal como el Señor nos ha tratado a nosotros.
Leemos acerca de la bondad de Dios en Efesios 2:4–7:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.”
Se nos exhorta a “ser bondadosos y compasivos unos con otros, perdonándonos unos a otros, así como Dios nos perdonó a nosotros en Cristo” (Efesios 4:32). Pablo también le recordó a Timoteo: “El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable con todos, apto para enseñar y paciente” (2 Timoteo 2:24).
Basta con observar la vida del Señor Jesús como el ejemplo perfecto de lo que significa la bondad. Siempre tenía tiempo para mostrar bondad al leproso, a quien todos los demás consideraban impuro (Mateo 8:1-4), al ciego, al cojo y a los marginados.
Leemos en Hechos 10:38 que “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y él anduvo haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”.”
Lo más destacado de hoy:
Somos sus manos, sus pies y sus portavoces en un mundo que sufre. Sean amables: todos cargan con un peso y sufren de una u otra manera.