“Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.”
Gálatas 5:22–23
Ver el gozo del Señor en la vida de alguien es algo verdaderamente hermoso. Gozo es la palabra griega. Chara en el Nuevo Testamento. Se usa unas setenta veces y siempre describe una alegría interior que no se basa en las circunstancias sino en realidades espirituales. Es una fuente de fortaleza que produce un carácter piadoso, como Nehemías declaró: “El gozo del Señor es vuestra fortaleza” (Neh. 8:10).
La alegría es el resultado de una relación con Cristo. Como Pedro el apóstol escribió: “A quien aman sin haberlo visto. Aunque ahora no lo ven, al creer en él se alegran con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8).
La alegría viene del Señor mismo, quien dijo:
“Como el Padre me amó, así también yo los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho estas cosas para que mi gozo permanezca en ustedes y su gozo sea completo” (Juan 15:9-11).
La alegría es un don del Señor que experimentamos al permanecer en Él y seguirlo con obediencia. Es prueba de que nos estamos volviendo más semejantes a Él. Es prueba del fruto del Espíritu en nuestras vidas.
Se nos exhorta a “¡Alégrense siempre en el Señor! ¡Repítanlo: ¡Alégrense!” (Filipenses 4:4). Pero si la alegría es un don, ¿cómo podemos expresarla como se nos manda? Solo mediante el poder del Espíritu Santo.
Como representantes del Señor en este mundo, debemos recordar que “el reino de Dios no consiste en comida ni bebida, sino en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). Este versículo nos recuerda que estas tres cualidades —justicia, paz y gozo— deben manifestarse en nuestra vida como seguidores de Jesucristo, y que solo pueden expresarse mediante el poder del Espíritu Santo.
He visto personas que irradiaban esta alegría incluso en medio de grandes dificultades. Lo lograban porque la alegría es una realidad interior que no está controlada por las circunstancias externas. Nos permite “regocijarnos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5:11).
Lo más destacado de hoy:
La alegría debería ser evidente en la vida de todo creyente, pero solo puede expresarse a través del poder del Espíritu Santo.