“Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio. Contra tales cosas no hay ley.”
Gálatas 5:22–23
Cuando hablamos del fruto del Espíritu, debemos aclarar que existe una diferencia entre el fruto del Espíritu y los dones del Espíritu. Todo creyente ha recibido un don del Espíritu Santo, y no todos tienen el mismo don. Hay tres pasajes principales en el Nuevo Testamento que hablan de los dones del Espíritu: Romanos 12, 1 Corintios 12 y Efesios 4.
Sin embargo, el fruto del Espíritu se refiere a las características de Cristo que se manifiestan en todo creyente. Debemos mostrar este fruto del Espíritu en nuestra vida diaria. Esto no tiene nada que ver con un don espiritual, sino con el carácter espiritual, que influye en nuestra conducta espiritual.
Cuando observamos la lista que se da en Gálatas 5:22–23, es muy similar a la descripción que se da a Moisés acerca del carácter de Dios mismo:
“Y Jehová pasó delante de él y proclamó: ‘Jehová, Jehová Dios, misericordioso y clemente, lento para la ira y grande en bondad y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, que de ninguna manera deja sin castigo al culpable, que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación’” (Éxodo 34:6–7).
Al comparar estas listas, aprendemos que el carácter cristiano guarda un marcado parecido con el carácter de Dios. Existe una conexión muy clara entre la raíz y el fruto:
En todo esto, nuestro Dios es santo, ¿y quién se compara con Él? Sin embargo, su deseo es que mostremos las características y atributos de Aquel que nos amó y entregó a su amado Hijo por nosotros en el Calvario.
Lo más destacado de hoy:
Él desea que tú y yo seamos conformados a la imagen de su amado Hijo, quien está llevando a muchos hijos a la gloria. Que esa transformación continúe en cada una de nuestras vidas para su gloria.