“El hijo honra a su padre, y el siervo a su amo. Si yo soy el Padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy el Amo, ¿dónde está mi reverencia? Dice el Señor de los ejércitos a vosotros, sacerdotes, que despreciáis mi nombre. Y vosotros decís: “¿En qué hemos despreciado tu nombre?‘’
Malaquías 1:6
Al perder de vista el amor de Dios, el pueblo comenzó a olvidar su grandeza y a despreciar su nombre. Malaquías 1:6–2:9 se dirige específicamente a los sacerdotes, quienes debían enseñar al pueblo a honrar el carácter y la reputación de Dios. En cambio, les restaron importancia.
El nombre del Señor representa todo lo que Él es: sus atributos, su divinidad y su majestad. Malaquías usó la frase “Mi nombre” al menos ocho veces para convencer a los sacerdotes de su negligencia. Cuando preguntaron, “¿De qué manera hemos despreciado tu nombre?” Malaquías les respondió de dos maneras.
En primer lugar, los sacerdotes ofrecían al Señor lo que podríamos llamar “las sobras” (Malaquías 1:6-14). Traían animales enfermos y cojos, ofrendas que ni siquiera se atrevían a presentar a su gobernador. ¿Cómo se atrevían a ofrecer tales cosas al Señor?
Antes de juzgarlos con demasiada dureza, deberíamos examinar nuestras propias vidas. ¿Hay áreas en las que le damos al Señor lo que nos sobra? ¿Tratamos su nombre como algo de poco valor? Es fácil dedicarle el domingo —y tal vez una noche entre semana—, pero el Señor desea que nos presentemos como sacrificios vivos, santos y agradables a él, todos los días de nuestra vida (Romanos 12:1). Podemos olvidar fácilmente que cada aspecto de nuestra vida debe ser coherente con el honor de su nombre.
En segundo lugar, estos sacerdotes se apropiaban de lo mejor para sí mismos. Habían perdido de vista el privilegio de ser representantes de Dios y se habían apartado de su ley (Malaquías 2:1-9). Malaquías 2:5-7 describe seis características esenciales para quien desea representar a Dios con fidelidad.
Primero, debemos tener un temor reverente al Señor. Cuando se pierde este temor, nuestra luz se atenúa y nuestra influencia en un mundo oscuro disminuye considerablemente. Segundo, debemos conocer la verdad y proclamarla. La Escritura nos exhorta a presentarnos ante Dios como obreros que no tienen de qué avergonzarse, que interpretan correctamente la palabra de verdad y que predican la Palabra fielmente (2 Timoteo 2:15; 4:2). Tercero, estamos llamados a apartarnos del pecado y permanecer separados de él. “Huye también de las pasiones juveniles” (2 Timoteo 2:22). Cuarto, debemos caminar diariamente con Dios en su Palabra y en oración. Quinto, debemos guiar a otros hacia Cristo, no hacia nosotros mismos. Sexto, nunca debemos olvidar que somos mensajeros del Señor.
Lo más destacado de hoy:
Los sacerdotes en tiempos de Malaquías fallaron en estas responsabilidades esenciales y deshonraron a Dios. Que el Señor nos ayude a crecer en reverencia por quién es Él y por el llamado misericordioso al que nos ha llamado.